Nuevo!! Publicación en la Revista Ñ de Clarín
By admin | Enero 1, 2010
¿Cuándo Platón y Cuándo Prozac?
Dialogar con la filosofía es un excelente camino para soltar y resolver la problemática del sentido existencial: ¿cuáles son sus valores?, ¿por qué, y fundamentalmente para qué, está uno en este mundo?, o las famosas preguntas kantianas con las que termina el filósofo alemán su Crítica de la razón pura: ¿qué debo hacer?, ¿qué me cabe esperar?, ¿qué es el hombre?.
Lou Marinoff, el autor de Más Platón, menos Prozac, se refiere al consejo filosófico como una “terapia para cuerdos”. En principio esto es así y resulta claro. Usted es una persona funcional, básicamente habilitada para trabajar, tomar decisiones y relacionarse. Pero vive molesta, con preocupaciones o sufrimientos cotidianos que le envenenan el día, y se pregunta si es necesario arrastrar esa disminuida calidad de vida o si podría acceder a una mejor. En ese caso, no hay duda de que resulta apropiado recurrir al Consejo Filosófico, porque usted tiene una inquietud “espiritual”.
En mi reciente libro Decatlón para ejercitar el alma. (Endorfinas Filosóficas), describo las claves para alcanzar “una buena vida”. Como decían los antiguos: “vivir bien”, en estado de serenidad, sin euforias desmesuradas ni depresiones autoflagelantes. El punto hacia el que convergen los senderos y el mapa de ruta que va marcando el libro, es la autoaceptación y el habilitarse para ser feliz. Se ofrecen respuestas pragmáticas y un amplio abanico de sugerencias para la práctica del buen vivir. El libro se inscribe en la línea del Consejo Filosófico de Lou Marinoff.
Yo llamo “espiritual” a cualquier intento de vivir mejor, con mayor plenitud, autoconciencia y un buen registro de los aspectos positivos de su vida, con los momentos de alegría y celebración que deberían suscitar. Hablo de aprender a evitar las quejas, las recriminaciones, el resentimiento, los temores y las ansiedades frente a las circunstancias adversas, que todo el tiempo nos acosan en la vida y que no dependen de nosotros. En el ámbito de la consulta filosófica usted puede desaprender esos posicionamientos erróneos —que adopta mecánicamente durante todo el día— y apropiarse de otras herramientas que le permitan enriquecer esas veinticuatro horas. Por ejemplo: ¿cómo se beneficia cuando morigera sus exigencias desmesuradas respecto de la vida y de los demás?; ¿y cuando aprende a desinflar su “ego”?; ¿y cuando asume que es responsable de lo que sí puede modificar?; ¿y cuando acciona con un propósito razonable en lugar de reaccionar pasivamente —como una pluma al viento— llevándose a sí mismo al autoboicot y al fracaso?
Sin embargo puede ocurrir que usted no esté “tan cuerdo”. Esto tiene diversos grados de complejidad. En el caso de la psicosis —lo que llamamos “realmente” locura— ya no me puedo dirigir más a usted, porque usted no está, ya no es más mi interlocutor. Por eso se habla de “alienación”. En este caso Platón no tiene cabida.
Pero usted puede “no estar tan cuerdo”, aunque sí lo suficientemente cuerdo como para leerme y entender. Quizá su dolor sea tan intenso que altere lo que debería ser su “sano sentido común” y piense y perciba distorsionadamente. Tal vez le vendría bien una psicoterapia, y debería encararla. No obstante, usted tiene conciencia de sí, aunque no sea su mejor momento de lucidez. Estas mínimas condiciones intelectuales —comprender lo que escucha y hacerse inteligible para otro— también lo hacen apto para el consejo filosófico.
Es que usted no accede a la consulta filosófica en calidad de paciente sino de persona. Usted, como persona no es ni se reduce a su trastorno psíquico. Su trastorno no le puede robar su derecho a buscar esa clase de bienestar que sólo se alcanza con “recetas” para el alma y de venta libre: los consejos espirituales.
Sólo porque usted es un ser que respira y que camina erecto —y que sabe que respira y que camina erecto— usted es un ser espiritual. Su andar y su respirar son ritmo y pulsación conscientes, si usted les presta atención. Y si usted les presta atención, verá que siempre los practica “desde” y “hacia” un centro inalienable, que es usted mismo autoafirmándose (sale de sí mismo para retornar siempre a sí mismo). Puede ocurrir que no camine, pero no puede no respirar. Si puede ensayar el “darse cuenta” de esto último, simplemente se sentirá existiendo.
Y sólo por esto, aunque padezca trastornos psíquicos, hay algo inalienable de su ser que lo mantiene igual al más funcional y armónico de los hombres, y le da los mismos derechos y las mismas oportunidades. Quizá su centro personal se halle un tanto opacado o desatendido, pero de todos modos está allí, aguardando por usted. Al igual que el más armónico y funcional de los hombres, usted, aún con su trastorno, mantiene el derecho a crecer y ser mejor persona.
Esta aventura es la que usted puede emprender con el Consejo Filosófico.
¿Quién soy? ¿Cómo llego a ser el que soy? ¿Cómo hago para ser auténticamente? ¿Cómo reconocer y favorecer mi vocación, aquello que estoy llamado a ser?
¿Alguna vez se hizo estas preguntas?
El espacio del diálogo con un consejero filosófico es el más apropiado para descubrirlas —si nunca se las hizo— o para encontrar las respuestas, si se las hizo pero se halla confundido.
Como en el mito de la caverna de Platón, aprenderá a distinguir también entre su apariencia y su realidad. Lo que usted es realmente, sólo por ser: bueno, bello y verdadero. ¿Necesita algo más para ser feliz?
No quiero decir con esto que en la consulta filosófica sus inquietudes tengan que ser planteadas en estos términos, pero sí a la luz de estos interrogantes, que le permitirán enfocar sus circunstancias desde una perspectiva más amplia, más universal. El consejero filosófico lo ayudará a ver el bosque más allá del árbol. La perspectiva más amplia —propia de la filosofía— aliviará su sufrimiento, reencauzará su pensamiento y facilitará salidas cuando las encrucijadas de la vida lo encuentren paralizado. Es un camino de paz.
Que tenga paz.
Artículo publicado por Silvia Bakirdjian en la Revista “Ñ” del diario Clarín el sábado 28 de noviembre de 2009, página 16.
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Presentación
By admin | Abril 30, 2008
La praxis filosófica contemporánea es una escuela de pensamiento que parte de la confianza probada y demostrada en que la filosofía puede ser aplicada a la vida personal y social para alcanzar la plenitud, el bienestar, la serenidad y, por qué no, la felicidad.
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Qué es la consejería o consultoría filosófica?
By admin | Abril 29, 2008
A menudo el público considera a la filosofía como un ejercicio puramente académico, en el que los profesores, licenciados o doctores en filosofía, hablan entre ellos mismos, escriben para ellos mismos y enseñan, a los futuros egresados de filosofía y carreras universitarias afines, el pensamiento de los grandes filósofos a lo largo de nuestra historia.
Pero en sus albores, ya desde Sócrates, en sus famosos diálogos con sus discípulos, la filosofía se concebía a sí misma como una forma, un estilo de vida, de vida buena, de vida mejor, más valiosa y saludable que ninguna otra.
La praxis filosófica contemporánea —surgida en Alemania en los años ochenta y adoptada y difundida rápidamente en EE.UU.— es una escuela de pensamiento que parte de la confianza (probada y demostrada) en que la filosofía puede ser aplicada a la vida personal y social para alcanzar la plenitud, el bienestar, la serenidad y, por qué no, la felicidad.
El consejero filosófico puede considerarse una suerte de terapeuta, en el sentido profundo de la palabra terapia que implica servicio, prestar atención al otro. También se puede entender como un asesor amigable finamente ejercitado, por la índole de su carrera académica previa y por su formación, en el difícil arte de escuchar y discernir.
Hay quienes por su problemática personal, según las variedades y grados de una patología psíquica, necesitan de un médico psiquiatra o un psicólogo. En ese caso tendrán que ahondar durante muchísimo tiempo en las raíces de su pasado o tomar antidepresivos o ambas cosas, abandonando la esperanza, una vez insertos en este camino (parafraseando a Dante) de recibir el alta prontamente. Puede pasar mucho tiempo, o toda la vida, hasta que las personas se sientan habilitadas (vía médica) para vivir por su propia cuenta, a su leal saber y entender. Más adelante me explayaré sobre “Cuando Platón y cuando Prozac”.
El consejero filosófico no es un predicador de la New Age.[1] No trata de reforzar hipnóticamente la creencia en que con sólo visualizar lo mejor de nuestra situación ello se realizará como por arte de magia: “Seremos felices y comeremos perdices en el mar de la abundancia espiritual y material, amaremos a los otros, los otros nos amarán, estaremos en armonía con el Cosmos y éste a su vez con nosotros, perfectamente alineado todo con todo”.Aunque estas últimas aspiraciones son muy loables y, en definitiva, es lo que desearíamos para nuestra vida, para el consejero filosófico, no se cumplen siguiendo principios o slogans superficiales, sino luego de un serio análisis racional de la problemática concreta de cada individuo, y un aprendizaje fundado en razones universales pero verificables a través de la propia experiencia existencial. El consejero filosófico no fomenta la ilusión ni el autoengaño. Por el contrario, ha sido preparado para distinguir entre apariencia y verdad.
[1] La New Age ha bastardeado el vocablo y el concepto “metafísica”, aplicándolo a consejos superficiales y facilistas para alcanzar el “éxito” y la “abundancia” en la vida. ¡Que diría Aristóteles de su bienamada Ciencia, la filosofía primera!.
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Qué es lo que la consejería o consultoría filosófica puede hacer por usted?
By admin | Abril 28, 2008
Ayudarlo, como diría mi colega, Lou Marinoff[1], filósofo canadiense pionero de esta nueva práctica en EE.UU., a vivir una “vida examinada”. A través de preguntas muy similares a las de la mayéutica[2] socrática, articular un diálogo honesto, honrado y, por sobre todo, amigable con usted.
Ayudarlo a “vivir filosóficamente”, a tomarse las cosas “con filosofía”. Aunque estas expresiones nos suenan como frases hechas, lugares comunes malgastados por el uso y abuso, habría que rescatar la riqueza de la significación que les dio origen.
Tomarse las cosas con filosofía implica:
Aprender a identificar claramente cuál es su problema y definir su crisis actual.
Aprender a reconocer las emociones que dicho problema suscita en usted y poder expresarlas con nombre y apellido.
Aprender a distinguir la mayor cantidad de alternativas posibles, dada su situación presente, para salir de sus inquietudes o preocupaciones y de las emociones concomitantes, para sentirse mejor o alcanzar un estado de bienestar o, al menos, de serenidad sin autorreproches. A veces podrá optar por el sendero que lo conduzca directamente a la felicidad y a la alegría, y a veces simplemente evitar males mayores. Este debe ser un proceso “realista”. En todo caso, siempre se sentirá mejor y liberado cuando haya decidido por sí mismo un camino viable para transitar por cuenta propia cuando tenga que atravesar las grandes aguas.
Aprender a “actuar” la esencia de este trabajo: “tomarse las cosa con filosofía” es llevar esa “vida examinada”, como lo señala Marinoff. Es separarse del apego al problema, del apego al sufrimiento del momento —o por un momento— y contemplarlo desde una perspectiva universal, a la luz de las distintas concepciones de felicidad, responsabilidad, valor y sentido de la vida que los grandes pensadores de la humanidad, frente a los mismos sufrimientos y conflictos que hoy usted está atravesando, han formulado y sistematizado.
Seguramente, de todas estas concepciones hay alguna que usted, quizás sin clara conciencia, ha estado cultivando antes de llegar a la consulta. Es natural. La filosofía es inherente a todo hombre, sea o no filósofo de profesión. Todos tenemos un conjunto de creencias favoritas que forman parte de nuestra visión personal del mundo, tal como se ha ido conformando a lo largo de nuestra vida por educación, por las experiencias que nos han dejado algún tipo de aprendizaje, por lo que consideramos han sido nuestros grandes aciertos o grandes errores, por el bien que creemos haber hecho o el mal que creemos haber infligido, etc.
En la etapa del examen o mirada contemplativa de nuestro problema, nos sorprenderemos con las similitudes y diferencias que nuestras creencias guardan en relación con los pensamientos de los sabios de todos los tiempos. Esta iluminación que surge de la conversación empática con el consejero filosófico, genera los nuevos puntos de vista (a veces son los viejos reapropiados), las nuevas intuiciones y visiones que nos permitirán reinterpretar el significado de nuestras crisis y descubrir qué conductas nos posibilitarán transformarlas en oportunidades de cambio.
El entrenamiento con la ayuda de un consejero filosófico no permanece atado al pasado de las personas ni busca en él interpretar lo que le está ocurriendo ahora. Se trabaja con las dificultades del presente y se proyecta hacia un futuro que aporte serenidad y sentido a la existencia. Es un camino corto en el tiempo y profundo en el ser de cada uno. Hay mucho sufrimiento imaginario en el ser humano. Mucho sufrimiento inútil. Poco sentimiento genuino y mucho “mentimiento”[3]. El asesoramiento filosófico busca ayudarlo a separar la paja del trigo. Es un sendero muy cercano al del sentido común. Pero son pocas las personas en las que el sentido común no esté distorsionado por una errónea percepción de la realidad y una errónea percepción de sí mismas.
El asesoramiento filosófico es un trabajo pragmático. Los consejeros filosóficos no pretendemos convalidarlo con demostraciones intelectuales. Sólo pretendemos “mostrarlo” a través de la experiencia práctica. No nos detenemos a analizar su valor intrínseco. Para nosotros es valioso porque hemos comprobado que funciona. Y funciona mucho mejor que un antidepresivo.
[1] Autor del célebre best seller “Más Platón y menos Prozac”.
[2] Mayéutica es el arte de asistir a la parturienta a dar a luz una nueva vida.
[3] Hipocondría del alma.
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